miércoles, 19 de septiembre de 2012

Mujer ayer hoy y siempre


El estudio de los aspectos conductuales, tanto del hombre como de la mujer, sólo puede efectuarse objetivamente en función del momento histórico que se vive. La sociedad ha ido cambiando a través del tiempo para caer, en los últimos años del siglo XX y en los primeros del Siglo XXI, en una verdadera vorágine que alteró, en muy corto período, los usos y costumbres que se mantuvieron más ó menos constantes durante décadas, en el pasado. A lo largo de toda la historia, la mujer ha tenido que experimentar conflictos y dificultades por el solo hecho de su femineidad y por tener la responsabilidad biológica de ser la gestora en su interior de los nuevos seres vivientes que marcarían la continuidad genética de la especie. 
Desde las escuelas psicoanalíticas, en particular, se ha prestado especial atención a los trastornos procreativos de la mujer, cuya comprensión teórica movilizó estudios y escritos clásicos muy valiosos como los de Helene Deutsch y Melanie Klein, sólo para citar algunos de los que marcaron elementos que ayudaron a comprender sobre todos los factores psicológicos y culturales.
Durante larguísimo tiempo y en parte siguiendo una tendencia alimentada desde las principales religiones formales, a partir de sus textos claves, se pensó y se practicó en casi todo el mundo la creencia de que el papel fundamental de la mujer en la vida era su rol reproductivo y la crianza de los hijos. Salvo sociedades muy particulares y escasas, muy bien descriptas en el libro de Riane Eisler "El cáliz y la Espada", dónde las mujeres y los hombres se repartían las tareas y compartían los fines primordiales de la vida, cualquier tipo de tareas que no tenían que ver con su maternidad y responsabilidades derivadas, era un obstáculo en la vida de la mujer. Privaba, por sobre toda las cosas , el criterio meramente biologista de que la mujer estaba capacitada "por naturaleza" para tener un hijo cada uno o dos años y que todos sus instintos e impulsos vitales pasaban por éste determinismo genético que les daba el hecho natural de pertenecer al sexo femenino .
El papel esencial maternal de la mujer en las sociedades de antaño era tan restrictivo y específico que les imponía ante todo una función puramente maternal, incluso con severas restricciones en todo aquello que fuera sexual pero que no se relacionara con la maternidad. 
La consecuencia más directa de éste modelo de conducta o de pauta cultural fue la gran frecuencia del desarrollo de cuadros psicopatológicos típicos como fueron las distintas manifestaciones de la histeria y la neurastenia en el siglo pasado y los comienzos del último período centenario. Incluso, en algunas civilizaciones, especialmente aquellas regidas por los textos religiosos árabes, el sexo por placer o incluso simplemente por amor no tenía cabida frente a lo que, desde un arranque, se consideraba para la especie hembra como una simple función proliferativa de la especie.
En las sociedades más primitivas, como algunas africanas e incluso árabes, se practicaron y se practican aun mutilaciones en las niñas para impedirles todo gozo genital y reducir ésas áreas para la función concreta y específica de procrear.
Mientras tanto, en el mundo occidental, la psicología de la mujer rompía los moldes de lo duramente establecido como rígida moral, no sólo en la histeria y la neurastenia, enfermedades cargadas de simbolismos sexuales obligadamente reprimidos en la vida real, sino que, hasta en las que tenían la posibilidad de ser madres y, de hecho, lo eran, se daban con frecuencia manifestaciones de lo que Sigmund Freud llamó "voluntad contraria histérica". Al respecto, es muy conocido dentro de la literatura freudiana el caso de una joven madre que no podía alimentar desde su seno a un hijo recién nacido, pese a tener las mamas inflamadas de leche. Freud consiguió su curación mediante la sugestión hipnótica, en lo que puede considerarse como uno de los primeros casos descriptos de trastornos psicosomáticos en la maternidad. 
También fueron muy frecuentes las crisis depresivas de tipo psicótico post parto, donde en lugar de sentir la mujer la plenitud de ser madre, caía presa de una de las formas de melancolía más terribles, en la que hasta el suicido o el infanticidio podían tener cabida, como que la tuvieron en casos descriptos en los textos clásicos.
La mayoría de las sociedades civilizadas fueron eminentemente patriarcales y falocéntricas, donde la mujer era un objeto para el hombre. Incluso la literatura clásica así lo demuestra con toda claridad y, un ejemplo típico, lo tenemos en "La Ilíada", donde la posesión de Helena generó un conflicto épico y, en la misma obra, la humillación de Aquiles cuando pierde a Briseida, que la había "ganado" en el campo de batalla. Para aquella concepción clásica y antigua, la mujer era el objeto que le podía dar al hombre tanto placer cuanto los hijos que marcaran su descendencia y le aseguraran también el mantenimiento de ese poder, en especial los hijos varones, mientras que las hijas mujeres, cuanto más, apenas si podían servir para materia de negociación con potenciales enemigos, a los que se entregaban las doncellas para matrimonios arreglados, sin la más mínima consideración hacia su voluntad de ser en el mundo. 
Recién con la Revolución Francesa, donde la mujer tuvo una participación más o menos activa, y enarbolando entre otros el lema de la igualdad, se puso en duda que la supeditación total de la mujer al hombre fuera un hecho natural y lógico. No obstante lo cual, en las clases elevadas de la sociedad parisina de entonces, no se produjo ningún cambio inmediato en la concepción masculinista clásica, pero si se empezaron a ver cambios en las mujeres de los artesanos y campesinos, que compartían los trabajos de los hombres y que verdaderamente los sustentaban en esas tareas, a más obviamente, de parir y criar hijos.
Al estar la mujer incluída en la dinámica común de la vida cotidiana se produjo un real cambio en la concepción de que los límites de lo femenino pasaban por la atención de la familia, la crianza y la educación de los hijos.
Durante la época de Napoleón no variaron sustancialmente esas costumbres, pero la reclusión de miles y miles de hombres por parte del Emperador, para sustentar sus conquistas guerreras, hizo que una gran cantidad de mujeres francesas tuvieran que tomar las riendas de sus ganados, sus artesanías o sus cultivos, pasando a realizar tareas que habían sido patrimonio exclusivo de los hombres. Y esto arrancó no de una rebelión de las mujeres sino de una necesidad, mientras el hombre partía hacia el frente de guerra. Algo parecido había ocurrido anteriormente durante las Cruzadas, pero aquí, el espíritu de posición masculina sobre las mujeres quedó patentizado en hechos tan anecdóticos como reales, como los llamados "cinturones de castidad", que no sólo impedían a la mujer ejercer su función biológica reproductiva y su sexualidad, sino que eran un símbolo del poder propietario del hombre. 
En las comunidades campesinas de los albores de la Edad Moderna, la maternidad y la crianza de los hijos eran algo así como procesos paralelos, porque tanto la mujer como los hijos se integraban alrededor del hombre jefe de la familia, en torno a las tareas rurales, fueran estas de cultivo de tierras cuanto de cuidado de ganado. Había también una situación política especial, en el sentido de que el campesino, varón, mujer o menor de edad, gozaban de muy limitados Derechos Civiles, viviendo mucho más interesados en la producción casera que en los acontecimientos ciudadanos. 

Los viejos temas de la Revolución Francesa, de libertad e igualdad, recién pudieron hacerse "operativos" para la mujer cuando en plena Edad Moderna se empieza a producir y extender en el mundo la llamada "revolución industrial", que tuvo grandes consecuencias para la vida familiar e individual. Con las transformaciones técnicas que se fueron incorporando, unidas a un desarrollo industrial incipiente que tuvo al establecimiento fabril como sede y símbolo, muchos hombres abandonaron sus procesos familiares de producción casera o artesanal, para emplearse en las líneas de las nuevas factorías. 
Las mujeres de estos hombres no fueron indiferentes ni dejaron de participar en ese cambio que afectó tanto a la familia como a la sociedad en general. Las mujeres, muy de a poco, ya que todavía pesaba sobre ellas una especie de complejo de inferioridad intelectual y emotiva respecto del hombre, empezaron a trabajar en relación de dependencia en esos grandes establecimientos que cimentaban y afianzaban día a día la revolución industrial. Es esa mujer trabajadora, más por necesidad que por otra causa, la que rompe con la tradición clásica de mujer hogareña, deja su casa y se pone al lado (casi siempre en posiciones inferiores) del hombre, escapando un poco a esa obligación histórica de ser meramente madre y criadora de hijos. 
La mujer trabajadora no pudo darse el lujo de desentenderse por completo del hogar, porque luego de sus horas laborales debía tomar el comando de la casa, pero fue una mujer que ya empezó a poner limitaciones, por ejemplo, a su número de hijos. Obviamente que no podía trabajar y tener una parición cada dos años, ya que además tampoco existían en esos tiempos pioneros, leyes protectoras de la mujer.
Todo este cambio que fue afectando lentamente a la mujer campesina y de la clase obrera se produjo a un ritmo creciente a lo largo de los siglos XVIII y XIX, pero en las clases sociales medias y altas sólo se empezó a gestar durante la primera mitad del siglo XX, en especial después de las transformaciones políticas y sociales que se produjeron como consecuencia de la Primera Guerra Mundial.
En los años 60, la mujer sigue luchando por su liberación y va ganando posiciones no sólo sociales sino también políticas. Paulatinamente, va en aumento el número de mujeres interesadas en el curso de una carrera universitaria con miras al ejercicio de una profesión independiente. Ello traerá aparejado una postergación de la maternidad para cuando se haya cumplido primero las aspiraciones de un desarrollo intelectual y laboral completo. 
Ese modelo tomado especialmente por las clases sociales altas tuvo su contrapartida en esa época con el nacimiento de los movimientos mixtos de protesta, es decir los hippies, los predicadores de la paz y el amor libre, los fundadores de comunidades donde las parejas y los hijos eran "colectivos". No pasaron de ser grupos relativamente marginales, pero de cualquier manera impusieron un sello en la historia.
Debe destacarse que, todos éstos movimientos políticos y sociales que hacen a un contexto histórico mundial tuvieron su repercusión en la Argentina, un país siempre abierto a incorporar modas que llegaban de otros lugares. En ese aspecto, nuestro país, con una fuerte raigambre religiosa católica mantuvo durante largo tiempo las pautas tradicionales de la mujer multípara y hogareña, aunque en los últimos treinta años esas concepciones han cambiado por completo y hoy la mujer privilegia su desarrollo personal, laboral o profesional por sobre la maternidad, en especial en las clases medias y altas. 
La tendencia mundial del presente se manifiesta en el sentido de dos corrientes claramente identificables. Por una parte, la de los países desarrollados o algunos de Oriente (China y Japón) dónde los índices de crecimiento demográfico han caído a niveles mínimos. El aumento de la población de tercera edad tiene su contrapartida en el escaso número de nacimientos y la mayoría de las parejas no desea tener más de dos o tres hijos, en tanto en algunos lugares apenas con un hijo basta y sobra. Esto no ha sido una imposición masculina sino que la mujer ha sido y es activa partícipe en ésta realidad.
Paralelamente, en los países subdesarrollados y en los sectores marginales de los países desarrollados, como el nuestro, se viene observando un fenómeno preocupante, es el de las madres niñas o madres adolescente, una verdadera realidad de nuestro tiempo.
La mayoría de ellas iniciadas en una sexualidad precoz por sus propios familiares, o en ambientes donde las convivencias forzadas entre niños y adultos provocan estas situaciones, jóvenes que aún no completaron su desarrollo físico se ven enfrentadas a maternidades precoces cargadas de riesgos tanto para la vida de las madres cuanto para el futuro de esos hijos, muchos de ellos fruto de violencias o engaños y abusos.
La maternidad sigue siendo, en los albores del siglo XXI en el rasgo esencial y diferencial de la mujer, pero el avance de una sociedad basada en valores egoístas hacen que se den grandes paradojas situaciones muy diferenciadas según las clases sociales de que se trate. 
Así, en nuestros días, las maternidades públicas alertan con sus estadísticas de madres niñas y adolescentes, sin pareja estable, sin instrucción y sin posibilidades económicas de criar a sus hijos. Por otra parte, los hospitales privados destacan la maternidad por encima de los cuarenta años de edad como todo un logro de los avances en la medicina y la biología, ya que por tratamientos normales y de otro tipo se ha logrado reducir los riesgos que durante tanto años fueron un motivo de dramáticas preocupaciones en madres añosas. Es más, también se observan un crecimiento en la maternidad natural o "asistida" en mujeres cuya edad oscila en los 50 años, todo lo cual requiere de cuidados y atenciones especiales.  
En los países desarrollados, el tema de la maternidad se ha convertido más en un problema legal que en una cosa natural. Desde que se inventó la inseminación artificial, muchas mujeres pudieron gestar hijos, cosa que hasta entonces había sido absolutamente imposible. Pero ése fue solamente un primer paso. En la última década ha proliferado la técnica de la fertilización in vitro, en la cual la fecundación se lleva a cabo fuera del útero materno y se implanta en éste el embrión para su posterior desarrollo. 
En las cortes de Justicia de los Estados Unidos se han dado casos de mujeres con esterilidad por problemas de útero o trompas que permitieron la fecundación in vitro de sus óvulos con esperma de su pareja o de un donante, alquilaron un vientre donde se desarrolló ese embrión fecundado in vitro y llegaron de es forma a la "maternidad"
Los cambios psicológicos producidos por la invasión de éstas tecnologías no se han podido evaluar todavía en las mujeres por los pocos años que llevan en aplicación estas técnicas, muy recientemente incorporadas en nuestro país y no todas sino alguna de ellas. 
De todos modos, la maternidad hoy vuelve a ser un tema fundamental, por las implicancias políticas y sociales que está teniendo. La mayor paradoja la constituye la desigual situación de las niñas madres por una parte, con todo el lastre de desprotección que arrastran y las abuelas madres gracias a tecnologías invasivas y manipuladoras que han alterado completamente el sentido de la maternidad.

Pero, aún así, habiendo sido invadido y alterado el sentido biológico de ser mujer…hoy tal concepto ha tenido una ampliación tan grande, que la función maternal, si bien esencia y distinción de la mujer, no es sino un aspecto más, fundamental por cierto, pero no excluyente de la condición de mujer, que se amplía día a día y gana espacios cada vez más importantes.

La naranja mecànica y los jòvenes abusadores


La naranja mecánica (“A clockwork orange”), fue una novela impactante de comienzos de los años ’60, escrita por Anthony Burguess. Este relato en primera persona apareció en su primera edición en idioma inglés en el año 1962 y está referido fundamentalmente al tema de la violencia en los adolescentes varones de esa época.
Alex, el personaje central de la trama, es un joven de 16 años, lo que hace presumir que nació en el año 1946, o sea que formó parte de la generación que llegó a la vida inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, que azotó al mundo entre 1939 y 1945.
Es muy importante este detalle porque los jóvenes nacidos inmediatamente después de la conflagración bélica formaron parte de una generación muy especial a la que se dio el nombre de “baby boomers”.
Ello fue debido a que apenas terminada la guerra y dada a enorme cantidad de muertos que la misma produjo, los gobiernos de Inglaterra, Francia y otros países europeos, como también Estados Unidos, promovieron que todas las parejas tuvieran hijos, para lo cual se establecieron distintos tipos de incentivos, fenómeno que se llamó “baby boom”.
De esa forma, entre 1946 y 1948 se produjeron numerosos nacimientos en los países que habían sido desvastados por la guerra y, los niños que vieron la luz por esos años, a comienzos de la década del ‘60 eran ya adolescentes.
Pero la guerra no dejó como consecuencia solo un altísimo número de muertos, la guerra trajo consigo una dura crisis económica que se prolongó mucho tiempo más. En consecuencia, los padres de estos chicos tuvieron que trabajar muchas horas al día, tanto el padre como la madre, de manera que una gran parte de estos “baby boomers” fueron chicos que se criaron prácticamente solos o viendo muy poco tiempo a sus padres, pasando gran parte de sus horas solos en la casa viendo televisión o escuchando música.
La escena que pinta el autor de La naranja mecánica es la de un matrimonio que trabajan ambos y están casi todo el día fuera del hogar, teniendo un contacto mínimo con su único hijo, del cual desconocen sus actividades, amistades y tampoco saben muy bien qué es lo que hace.
Alex es un emergente de esa generación que, como tantos jóvenes ingleses, porque el libro está escenificado en Inglaterra, se crió prácticamente solo, adquirió un gusto fanático por la música clásica y desarrolló un comportamiento antisocial, violento y psicológicamente perverso.
Otra de las características que presentaron los “baby boomers” fue su tendencia a agruparse en pequeños grupos, de cuatro a cinco individuos, llamados “gangs”. En este caso, el gang de Alex lo componen él como líder y sus amigos Lerdo, Pete y Georgie.
El escenario en el cual ellos se desplazan son las calles de Londres, en ciertos lugares periféricos, en especial bares nocturnos, bibliotecas populares y toman como objeto de robo los domicilios particulares.
En todo momento, los jóvenes muestran violencia extrema y maldad, problema real que padeció Inglaterra en esos años con estos jóvenes a los que se denominó “insanos morales” (o afectos de “moral insanity”).
El texto del libro muestra el egoísmo de estos jóvenes que solo buscan su diversión a través del sufrimiento provocado, golpeando a personas indefensas, violando a las mujeres, destruyendo vagones de tren, robando autos y destrozándolos, todo lo cual sin el más mínimo remordimiento ni cargo de conciencia.
Frente a esa situación, la policía y las dependencias gubernamentales intentaron aplicar correctivos que fueron desde las instituciones específicas, como los reformatorios, hasta los establecimientos carcelarios.
Alex pasa por el reformatorio, se ve que ha salido del mismo y que tiene alguien que supervisa pero no muy de cerca su comportamiento.
Sabe que el paso siguiente será la cárcel, pero no le importa y deposita toda su identidad en el gang, o sea el grupo de cuatro personas que conforma con sus amigos. Pero entre ellos hay envidias y más de una vez debe batirse en combate personal para reafirmar su liderazgo.
Sin embargo, basta el primer paso en falso para que sus amigos lo traicionen y lo dejen solo, cayendo en manos de la policía que, frente a sus antecedentes, no ve otra salida que la cárcel, porque ya no se trata solamente de un simple delincuente sino de un peligroso criminal.
Ya en esta situación, su convivencia con malvivientes de suma peligrosidad lo lleva a adoptar comportamientos más agresivos y crueles. En la cárcel vuelve a matar, más por descarga de violencia que por instinto asesino, pero sus compañeros de celda también lo traicionan y lo responsabilizan de otra muerte.
Pero bien, mas allá de la trama específica de esta novela, en la Inglaterra de los años 60 hubo muchos casos de este tipo y para ellos fue que se creó lo que se pensó que podía ser un método terapéutico aplicable a los “insanos morales”.
Tal método, llamado “de Ludovico” en el libro, consistía en provocar un reflejo condicionado psicológico de manera que, cada vez que estos jóvenes delincuentes antisociales tuvieran que enfrentarse a una situación de violencia o maldad se produjera en su cuerpo una reacción física de asco y repugnancia que bloqueara el impulso agresivo.
Para provocar ese reflejo condicionado atormentaban la mente del sujeto con escenas de torturas, crímenes, violaciones, sangre y todo lo que pudiera crear imágenes horribles que se grabaran a fuego en sus mentes.
El mismo método fue utilizado también como tortura con agentes secretos, espías o prisioneros de guerra en distintas partes del mundo. Y todavía en la actualidad lo utilizan algunas sectas que trabajan con la psicología de sus miembros, generando repulsiones fanáticas.
En el caso de Alex, el método parece dar resultado en cuanto a quitarle de la mente sus pensamientos malvados e incluso todo aquello ligado a los mismos, como su afecto por la música clásica, generándole un reflejo de asco que le impide ejercer acciones violentas.
Pero su retorno a la vida cotidiana muestra en esta nueva fase a un ser indefenso frente a una sociedad que también ha desarrollado una maldad represora tan o más mala que la anterior, incorporando inclusive entre sus miembros represores a quienes antes habían sido asesinos o violadores, como ocurre con dos de los comañeros de Alex, devenidos policías.
Los mismos ancianos que antes habían sido burlados y agredidos por Alex, al verlo indefenso, lejos de compadecerse de él tratan de destruirlo a golpes. Su familia, que nunca se ocupó mayormente de su persona, llenó su lugar en la casa con un pensionista al que le alquilaron la pieza, lo que muestra las dimensiones de la crisis económica, de modo que cuando Alex retorna al hogar había perdido en este toda su identidad.
La situación de la violencia juvenil se convirtió en un tema de discusión política y los opositores al gobierno utilizaron el argumento de los métodos crueles que se aplicaban con los “insanos morales” como elemento de oposición y defensa de la libertad humana, pero todo ello cargado de una alta dosis de falsedad.
Incapaz de adaptarse a esta nueva situación, habiendo pasado de agresor a agredido, Alex decide quitarse la vida porque ya no puede soportar ni siquiera la música clásica que era su sustento afectivo. Y en un intento desesperado por matarse se arroja desde una ventana a la calle, pero la altura no era suficiente y en cambio de morir resulta con múltiples fracturas, lesiones internas y una semana de pérdida del conocimiento que, para él, fue como si hubiera durado un millón de años.
Una de las características de esos traumatismos craneanos severos con pérdida prolongada de la conciencia es que si la persona se recupera queda con una importante amnesia (pérdida de los recuerdos, de la memoria) en especial de los que se introdujeron en su mente más recientemente.
Por eso, al despertar ya no le queda nada en su mente de todo lo que le habían “introyectado” y lo primero que intenta hacer es invitar a la cama con él a la enfermera que lo cuidaba. Cuando le hablan de un nido de pájaros con huevos piensa en destruirlos, cuando le nombran un pavo real su deseo es hacerlo sufrir arrancándole todas las plumas, cuando aparecen sus padres los amenaza que si regresa al hogar él será quien establezca las pautas y así sucesivamente…
Cuando vuelve a escuchar la música clásica y siente y se da cuenta de que no está más el reflejo condicionado de repulsión, él mismo expresa “estoy curado”. Que significa lo mismo que decir…vuelvo a ser el mismo que era…
Moraleja, la violencia descarnada de los jóvenes de la segunda mitad del Siglo XX viene con muchos valores agregados. La obra literaria que comentamos, a título informativo y para hacer pensar un poco más tanto a padres como a jóvenes, fue solo una muestra.
Y un ejemplo muy parcial de una franja demasiado específica de la sociedad de post guerra, la cual, antes de olvidarse de los horrores vividos pocos años antes, muy pronto se embarcó en otra aventura sociológica muy desvastadora para numerosos grupos humanos, la llamada guerra fría.
Hemos hablado de jóvenes abusados de muchas maneras diferentes como una realidad de los tiempos postmodernos, pero también debemos aceptar la contracara de ello en lo que bien podríamos llamar los jóvenes abusadores, cuyas raíces entroncaríamos con el relato en novela que nos ocupa, mucho tiempo después de haber sido publicado y llevado al cine inclusive, con adaptación a la moderna técnica del DVD.
Los jóvenes abusadores que se imponen por la fuerza, que no saben de respeto a sus padres, que humillan a sus educadores y reniegan de las normas elementales y básicas de la convivencia social.
Los jóvenes que adoptan comportamientos bizarros y creen que son dueños de una verdad que no es otra cosa que la fantasía que ellos mismos tejen en su afán de diferenciarse de las generaciones anteriores a las que repudian.
Son los jóvenes sectarios, intolerantes, xenófobos y violentos por naturaleza y elección, porque carecen de ideas o discursos convencedores. Solo saben imponer su pensamiento y abroquelarse en el fanatismo, convencidos de que la verdad absoluta está centralizada en la ocurrencia perversa que les vino a la mente.
Por ese camino equivocado de la vida postmoderna transitan una gran cantidad de jóvenes de ambos sexos. No puedo afirmar si son mayoría o minoría, pero si que no son pocos ni pasan desapercibidos.
  













El camino hacia el conocimiento verdadero


Uno de los temas que apasionó mi búsqueda interior desde el comienzo de mis investigaciones personales, fue la definición del perfil del hombre de saber o de conocimiento. Al respecto, distintos maestros que se han cruzado en mi camino, sea a través de su presencia física o la lectura de sus obras, me han dejado una verdadera clase magistral de esa psicología práctica que no responde a ninguna de las ortodoxias orientales u occidentales, pero que tiene una validez eterna en el tiempo sin tiempo.
Creo que vale la pena comenzar aclarando que, cuando alguien se propone realmente aprender y comenzar a transitar el camino hacia el conocimiento, nunca sabe a ciencia cierta lo que va a encontrar. Los propósitos suelen ser vagos y las intenciones ligadas a ellos no siempre gozan de la fuerza y las acciones necesarias. No obstante lo cual, hay un aprendizaje básico que suele avanzar muy lentamente, hasta que llega un momento en que aparece el primer enemigo.
Los grandes maestros no dudan en considerar que el miedo es la primera barrera que se encuentra en la ruta hacia el saber, un enemigo traicionero que está siempre a la espera y al acecho. Incorporar un nuevo conocimiento implica, casi con seguridad, modificar alguna estructura preestablecida, además de romper algún condicionamiento. Y son muy pocos los que se atreven a ello. Por eso, una gran cantidad de personas se quedan detenidas en el proceso del aprendizaje, ya que no se animan a profundizarlo. Se buscan mecanismos racionales o lógicos para apartarse de algo que crea incertidumbre y saca de posiciones cómodas.
El miedo casi siempre es inconsciente, rara vez se reconoce, actúa a menudo simbólicamente, pero paraliza el potencial de desarrollo del ser. Obviamente que, la formación familiar y educativa que reciben millones de niños y adolescentes, los llevará con mucho más certeza hacia el miedo que al conocimiento. Solo los grandes atrevidos de la historia pusieron su coraje y su voluntad al servicio de su ideal y pudieron vencer al miedo.
Como bien lo han expresado grandes maestros de las religiones y las disciplinas espirituales, derrotar a tal contrincante no es fácil. Por tal motivo, ninguno de ellos  aconseja ni la huída ni la batalla, dejando totalmente descolocado al “fight or fly” (luche o huya) de la filosofía existencial norteamericana. El hombre debe plantarse ante el miedo y aguantarse a si mismo, lleno de miedo, sin retirarse. Jamás hay que detenerse por el miedo, aunque ello implique avanzar “muerto” de miedo. Con respeto y tolerancia se puede lograr que el miedo sea el que se retire, de a poco y lentamente. Entonces el individuo gana seguridad en si mismo y confianza, empezando a darse cuenta que aprender puede ser una tarea aterradora, pero no necesariamente paralizante. Cuando llega ese momento, el miedo ha sido vencido.
El hombre o mujer que consiguió derrotar al miedo tiene ahora en sus manos un importantísimo elemento: la claridad de sus propósitos y la fuerza de convicción para llevarlos a cabo. Esa claridad es esencialmente mental y, según la mayoría de los espiritualistas, puede convertirse en el segundo enemigo en el camino hacia el conocimiento. Porque esa claridad cuando es muy fuerte ciega la conciencia y la percepción induciendo al error, a un error que nunca será reconocido.
Es el hombre o mujer que hace lo que se le antoja, simplemente porque cree que lo tiene todo claro, sin darse cuenta de que ha caído en una ilusión. Y si bien la ilusión y la fantasía son necesarias para llegar al conocimiento, están muy lejos de la esencia del saber y terminan obnubilando las mentes. El individuo que se quede en esta etapa será torpe para aprender, equivocará los pasos y los ritmos, para terminar en la incapacidad y, lo que es peor, convencido de su capacidad. En cambio, el que sepa manejar con prudencia la claridad mental que da vencer al miedo, el que logre regular esa capacidad y sea consciente todavía de sus limitaciones, habrá podido dar un paso más en su camino hacia el saber.
El tercer enemigo que se encuentra en esta verdadera ruta interior de cada uno es el poder, ya que aquel que haya podido salir airoso de las dos etapas anteriores, es decir que haya vencido al miedo y aprendido a usar prudentemente su claridad mental, tendrá en sus manos y en su mente un poder altamente peligroso. Ese poder, dicen los que advierten, es el más temible de todos los enemigos, porque lo más fácil es rendirse ante él. ¿Y de qué manera opera esa rendición? Pues haciéndole creer al hombre que es invencible. Ejercer el mando, imponer reglas, convertir su voluntad en ley, termina por hacer de ese hombre un esclavo de su poder. Tal hombre, en lugar de ser sabio y respetado, será cruel y caprichoso. Habrá perdido la batalla por el poder verdadero, que es el que legitima su autoridad.
Los grandes sabios de la Humanidad han señalado que: “El hombre vencido por el poder y su importancia personal muere sin saber realmente como manejarlo. El poder es solo una carga sobre su destino. Un hombre así no tiene dominio sobre si mismo, ni puede decidir justamente como ni cuando usar su poder”.
Los maestros elevados sobre el nivel normal de la conciencia humana consideran que la única forma de vencer al poder propio es desafiarlo con toda la intención, para aprender que ese poder aparente que se ha conquistado nunca es propiedad exclusiva de quien lo tiene. Solo así, con mucha mesura y respeto, se sabrá de que  manera utilizar el poder y en que circunstancias emplearlo. Quien alcance esa virtud habrá derrotado al tercer gran enemigo del conocimiento.
La enorme sabiduría milenaria transmitida por maestros de todas las épocas me han llevado a reconocer al cuarto y definitivo enemigo, el más cruel, el implacable peor y el único invencible: la vejez. La sentencia que nos deja la vida misma en su devenir histórico, lo dice todo: “La vejez jamás podrá ser vencida por completo, solamente podrá ahuyentarse por instantes”. El hombre viejo terminará inexorablemente arrollado por la fatiga, convertido en una débil caricatura de si mismo, deseoso de retirarse y convencido de que perderá, con la muerte, el último asalto de un combate con resultado anticipado.
Pero, aún así, el verdadero hombre de conocimiento, dicen las escrituras para meditar, tendrá momentos de máxima grandeza y esplendor en los que podrá incluso ahuyentar transitoriamente a su implacable enemigo. Son esos instantes de auténtica sabiduría acumulada a lo largo de toda una vida, los que permitirán decir: “He aquí un hombre de conocimiento”. Pero eso dura lo que un suspiro, aunque es suficiente. El deseo de retirarse con la muerte vencerá siempre. Sin embargo, los últimos segundos de lucidez y sabiduría, el instante previo a la Elevación, son los más importantes de toda la existencia humana y los que permitirán diferenciar a un hombre de conocimiento de otro que quedó varado ante cualquiera de los enemigos intermedios, o que ni siquiera se animó a batallar contra el miedo, como la mayoría de los mortales.
Dentro de la mayoría de las culturas indígenas primitivas, llegar a ser un hombre de conocimiento implicaba un largo camino de aprendizaje. Jamás podría ser una adquisición inmediata, ni una gracia o dádiva otorgada por poderes sobrenaturales, sino por el contrario el resultado final de un largo proceso. En ese contexto, cualquier individuo podría intentar convertirse en hombre de conocimiento pero, en la práctica, son los maestros y benefactores quienes seleccionan a sus aprendices. La tarea por delante es muy larga y difícil, ya que el aprendizaje es una continua búsqueda interminable, para lo cual hay una sola pauta de conducta que es inflexible y pasa por poseer una intención rígida e inquebrantable. Solo una voluntad estricta podrá soportar las pruebas inevitables de las que habrá que rendir cuentas en este tortuoso camino.
Otro requisito fundamental es la rectitud de juicio, algo mucho más profundo que el simple sentido común. Convertirse en hombre de conocimiento implica una esforzada labor, para hacer el esfuerzo, lograr eficacia y enfrentar el desafío. Como todo esto conlleva a una lucha incesante, se lo ha comparado con la vida de un guerrero. Es una autodisciplina regida por cuatro virtudes fundamentales: el respeto, el miedo, la claridad de conciencia y la confianza en si mismo. Ser un guerrero no significa necesariamente ir a una guerra, sino haber evaluado profundamente todos los recursos propios para animarse a enfrentar lo desconocido. El guerrero, pese al miedo, debe seguir con respeto el curso de las propias acciones, porque solo enfrentándose al miedo podría uno conquistarlo.
Por último, el camino del guerrero es un camino que debe ser seguido “de corazón”. Poner corazón implica a priori hallar satisfacción y cumplimiento personal no solo al escoger una alternativa viable sino al identificarse por entero con ella. En definitiva, para llegar a ser un hombre de conocimiento se necesita no solo inteligencia y predisposición, sino también una acción eficaz, presente, continua e interminable.